El cuento del pez

Al amanecer del duodécimo día, divisamos las cumbres gemelas del Mauna Loa y el Mauna Kea, que resplandecían bajo un cielo despejado en el horizonte sudoriental. Había sido una travesía rápida desde nuestra salida de Sausalito, con los alisios soplando bien por la aleta, lo que nos había permitido navegar durante días enteros con apenas unos pequeños ajustes en el trimado del spinnaker. La navegación había sido tan placentera como cabía desear, y por fin los tres habíamos guardado la ropa de mal tiempo, encantados de encontrarnos en los diáfanos trópicos después de tantos días y noches de frío.

Pero la tensión constante de la navegación había provocado una preocupante fisura en el *cuello de cisne*, la pieza giratoria que une la botavara con el mástil. Como una rotura completa podía dejar la embarcación fuera de servicio, era imprescindible repararla. Pusimos rumbo a Hilo en busca de un soldador.

Amarramos en el muelle, seguimos las recomendaciones del capitán del puerto y conseguimos que nos llevaran al pueblo para negociar la reparación con un taller local. Pasamos los dos días siguientes reponiendo provisiones y recuperando nuestras piernas de tierra firme. Una vez reparado el herraje, soltamos amarras al anochecer para explorar la vertiente protegida de la isla. Navegamos cerca de la costa mientras observábamos, desde la banda de estribor, cómo la lava volcánica descendía lentamente desde el Mauna Loa hasta el océano, iluminando la oscuridad con una nube de vapor siseante. Bajo el agua cristalina, la lava brillaba en rojo mientras se acumulaba en el fondo.

A primera hora de la mañana siguiente habíamos doblado el extremo de la isla y navegábamos con una brisa fresca a lo largo de la costa oriental de la Isla Grande. A unos doscientos metros por estribor, cientos de delfines giradores retozaban bajo la luz rasante. Fieles a su nombre, saltaban fuera del agua, solos o en grupos, girando vertiginosamente antes de zambullirse de nuevo en las profundidades. Eran tantos que hacían hervir la superficie del océano. Durante horas contemplamos el espectáculo, completamente fascinados.

Aquella tarde llegamos al extremo sur de la isla y el viento amainó, por lo que continuamos hacia el norte a motor. La costa de Kona cae abruptamente bajo el mar y ofrece pocos lugares donde fondear. Así que, con los últimos rayos de un sol agonizante, entramos en la bahía de Kealakekua, una amplia ensenada protegida por las empinadas laderas del Mauna Loa y considerada el puerto sagrado de Lono, el dios hawaiano de la fertilidad.

Entre los árboles, en el extremo sur, se distinguía un pequeño pueblo de pescadores. En el extremo opuesto se encontraba el monumento al capitán Cook, levantado en el lugar donde, dos siglos antes, lo habían matado unos nativos enfurecidos. No había ninguna otra embarcación en la bahía. Fondeamos en unos nueve metros de agua sobre un fondo arenoso y nos dispusimos a pasar la noche.

A la mañana siguiente, mientras me cepillaba los dientes en cubierta, un grupo de delfines se acercó nadando a la popa. Cogí las gafas y las aletas y me lancé al agua, con la esperanza de interactuar con ellos y cumplir un sueño que arrastraba desde la infancia. Pero eran esquivos y mantenían las distancias, apartándose cada vez que me acercaba. No conseguí aproximarme a menos de seis o nueve metros.

Al observarlos desde lejos, descubrí que estaban alimentándose, y el espectáculo era fascinante. El grupo había rodeado un banco de peces pequeños y los mantenía apretados en una formación compacta mediante las burbujas que expulsaban por sus espiráculos. En lo que parecía una especie de orden jerárquico, un delfín tras otro se introducía en el torbellino de peces, comía hasta saciarse y luego se retiraba a la periferia para dejar paso al siguiente, que entraba a darse un atracón. Los animales más importantes parecían alimentarse primero, mientras los jóvenes y los de menor rango aguardaban su turno.

Solo podía maravillarme ante la evidente inteligencia de aquellos animales. La precisión casi militar con la que se alimentaban les permitía, al parecer, dedicar buena parte del resto de su tiempo a jugar, como tan bien se sabe que hacen.

Finalmente, el grupo se dispersó y se dirigió hacia aguas más profundas. Regresé nadando al barco, hinché la auxiliar y monté el motor fueraborda. Pasé el resto de la mañana haciendo esnórquel en las aguas transparentes próximas al monumento a Cook. Mis dos compañeros de travesía habían invitado a unos amigos australianos que estaban visitando las islas a acompañarnos durante unos días de navegación. Habían quedado en recogerlos en el aeropuerto de Kona. Acordamos que yo los llevaría a tierra en la auxiliar y regresaría a buscarlos aquella misma tarde, después de que llegaran sus amigos.

En el centro de la bahía de Kealakekua había una rudimentaria plataforma de desembarco, un muelle de hormigón donde las embarcaciones podían cargar y descargar. Dirigí la auxiliar hacia allí con mis compañeros a bordo, vestidos con sus mejores galas para pisar tierra. En el muelle, observando nuestra aproximación con grave curiosidad, había una niña de siete u ocho años y su hermano, de cuatro o cinco. Ambos llevaban camisetas desteñidas por el sol y pantalones cortos remendados.

En cuanto atracamos, mis compañeros saltaron a tierra y se fueron en busca de una cabina telefónica desde la que llamar a un taxi, mientras yo me preparaba para regresar al barco. Estaba poniendo el motor en marcha atrás cuando la niña me llamó:

—¡Señor! ¿Nos da una vuelta en su barco? ¡Por favor!

Eran irresistiblemente encantadores y, como no tenía gran cosa que hacer durante el resto del día, pensé: «Bueno, ¿por qué no?». Los dos niños treparon a bordo y se acomodaron en la auxiliar mientras salíamos a dar una vuelta por la bahía. Eran tranquilos y respetuosos, y apenas hablaban.

A lo lejos, cerca del límite donde la bahía se abre a las aguas profundas, advertí algo extraño. Varias aletas sobresalían de la superficie y se movían lentamente, de forma errática, como nunca había visto antes. Parecía que varios peces estuvieran alimentándose de algún objeto flotante, algo que por sí solo ya merecía una inspección más detenida, aunque desde donde nos encontrábamos resultaba difícil distinguirlo.

—¿Qué creéis que es eso? —pregunté a los niños—. ¿Vamos a echar un vistazo?

Silencio.

Cuando llegamos al lugar, descubrimos que se trataba de un pez enorme que nadaba panza arriba. Las aletas que habíamos visto desde lejos eran la caudal y las pectorales; la dorsal permanecía oculta bajo el agua. Era evidente que, en algún momento de la noche, había quedado enganchado en el sedal de un pescador y que, durante la lucha posterior, había conseguido escapar. El largo trozo de sedal que le colgaba de la boca confirmó mis sospechas.

Sin embargo, sus desesperados descensos hacia las profundidades habían hinchado su vejiga natatoria y ahora nadaba invertido, incapaz de expulsar el aire. Era solo cuestión de tiempo que algún depredador lo atacara.

No podía dejar pasar semejante oportunidad. Un pez agotado, pero sano, no podía quedarse allí a merced de los tiburones. Sorprendentemente, estaba intacto y, si conseguía liberar el aire, podría volver a nadar felizmente en las profundidades. Teníamos poco tiempo antes de que se nos escapara aquella oportunidad, y lo único que debía hacer era agarrarlo por la cola y subirlo a bordo.

El problema era su tamaño. Al acercar la auxiliar, me di cuenta de que aquel condenado pez era casi tan grande como la propia embarcación. No importaba: lo agarré por la cola y empecé a izarlo. Para entonces, los niños habían perdido toda su timidez inicial. Gritaban como posesos y se revolvían presa del pánico, intentando apartarse de aquel monstruo.

—¡Cerrad el pico y ayudadme a tirar! —les ordené.

Obedientes, se agarraron a cualquier parte que encontraron a mano y los tres conseguimos subir el pez a bordo. Fuera de su elemento, empezó a debatirse, dando coletazos por el fondo y poniendo en peligro la estabilidad de la auxiliar. Temiendo que volcara, ordené a los niños que se sentaran encima del pez para inmovilizarlo y que intentaran guardar silencio mientras yo ponía rumbo al muelle. Se acomodaron obedientemente en sus puestos, pero fueron incapaces de contener la excitación y no dejaron de gritar durante todo el trayecto de regreso.

Al acercarnos a la orilla vi a un hawaiano gigantesco de pie en el muelle. Su rostro no solo expresaba preocupación por los niños, sino una abierta hostilidad hacia mí. Empecé a preguntarme cómo podría explicar aquel aparente caos, que sin duda habría alarmado a cualquiera que nos hubiese observado desde tierra.

Los hawaianos nativos, especialmente los de la Isla Grande, no son conocidos precisamente por su afecto hacia los blancos, a quienes llaman despectivamente *haoles*. Antaño un reino orgulloso e independiente, tras dos siglos de colonización europea habían sufrido toda clase de desgracias y muertes a manos de misioneros, balleneros e intereses coloniales rivales. Además, las enfermedades frente a las cuales carecían de inmunidad habían diezmado tanto su población como su forma de vida.

Aunque la proporción de población nativa en la Isla Grande es relativamente elevada en comparación con el resto del archipiélago, sigue siendo ínfima. Los *Kanaka Maoli* —los hawaianos nativos— representan menos del 0,5 % de la población, y la mayoría vive en familias extensas dedicadas a la pesca y la ganadería.

Así que, no sin cierta aprensión, reduje la velocidad y arrimé la auxiliar a la plataforma de carga.

—¡Aloha, hermano! ¡Mira lo que te hemos traído! —exclamé con una amplia sonrisa mientras los niños saltaban a tierra—. ¡Esta es nuestra contribución a la comunidad!

El rostro del hombre se relajó.

—¡Vaya, has pescado un *ulua*! —respondió.

Aunque para entonces el pez había dejado de debatirse, era tan grande que apenas podía moverlo. El hawaiano se metió tranquilamente en la auxiliar y lo levantó con una sola mano, sujetándolo bajo la barbilla.

—Lástima que hayáis llegado tan tarde. ¡Podríamos haberlo añadido al hoyo de cocción de nuestro *luau*! Vuelve por aquí y tómate una cerveza —dijo, mientras sostenía aquella bestia, que le colgaba desde la barbilla hasta los dedos de los pies.

Amarré la auxiliar y lo seguí hasta una arboleda donde un grupo de hombres y mujeres bebía cerveza alrededor del *imu*: un hoyo abierto, cubierto de piedras, hojas de cocotero y hojas de platanera, bajo el cual se asaba lentamente un cerdo. Era evidente que llevaban allí varias horas. El aire estaba impregnado de olor a cannabis y la fiesta se encontraba en pleno apogeo.

Siguieron pasando cervezas y me ofrecieron unos deliciosos *pupus* sacados de recipientes de Tupperware que contenían toda clase de exquisiteces. El gigante hawaiano colocó el pez sobre una gran mesa de pícnic y, en cuestión de minutos, lo había eviscerado y cortado enormes trozos de carne en dados y filetes.

—No podemos abrir el *imu*, porque echaríamos a perder el cerdo, pero podemos preparar un buen *sashimi* y aún quedará pescado suficiente para todo el pueblo —dijo.

Llenó una gran olla con los dados de *ulua*, añadió salsa de soja y wasabi y dejó que todo marinara.

—Estará listo en unos minutos. Ya verás qué bueno está —dijo, guiñándome un ojo.

Envolvió cuidadosamente los filetes y los trozos de pescado en hojas de platanera y los metió en bolsas de plástico.

—Llévate unos cuantos al barco. ¡Hay de sobra para todos!

Para cuando terminé mi primera cerveza y di unas caladas al porro que iba pasando de mano en mano, ya me embargaba esa cálida y acogedora sensación de estar entre amigos. Aquella reunión y el festín que aquellos sencillos pescadores compartían conmigo confirmaban todas las historias que había oído sobre la hospitalidad polinesia. Sentí que era una recompensa bien merecida por las dificultades de cruzar el océano Pacífico en una pequeña embarcación.

Entre ellos hablaban hawaiano, una lengua que yo no entendía, y su inglés *pidgin* me resultaba casi igual de incomprensible. Pero no importaba: bajo el cálido efecto de la camaradería, la cerveza y la hierba, entendía todo lo que necesitaba saber.

Al cabo de unos minutos, el hawaiano sacó unos dados de pescado y me los ofreció sobre una hoja de platanera.

—Prueba esto. A ver si te gusta.

Morder aquel primer trozo de *sashimi* fue como alcanzar el paraíso en la Tierra. Pocas veces había probado algo tan delicioso. Aquello sí que era vida: pescado recién capturado, compartido con hawaianos nativos en una isla tropical, rodeado de amistad y buen humor. No se podía pedir más.

Y de pronto, me acordé.

La ciguatera es una toxina presente en peces que habitan aguas tropicales y subtropicales. Su concentración aumenta a lo largo de la cadena alimentaria a medida que los peces grandes se alimentan de los pequeños. Es inodora e insípida y no desaparece con la cocción. Sus efectos pueden incluir intoxicación gastrointestinal, trastornos neurológicos, parálisis y, en ocasiones, incluso la muerte.

Cuanto mayor es el pez, mayor puede ser la concentración de la toxina. Siempre me había interesado saber cómo habían aprendido los pescadores hawaianos nativos a distinguir los peces sanos de los contaminados. Siglos de vida ligada al océano debían de haber proporcionado a los polinesios un conocimiento íntimo de los peligros del mar, y yo estaba deseando aprender de ellos.

—Dime, ¿cómo puedes saber si un pez tiene ciguatera? —murmuré mientras me llevaba otro trozo de *sashimi* a la boca—. ¿Hacéis alguna prueba concreta para determinar si es seguro comerlo? ¿Hay alguna manera de saberlo?

—Ah, eso es muy sencillo, hermano. Mira a tu alrededor. ¿Ves a alguien más comiéndolo? Nosotros simplemente esperamos veinte minutos y, si no te pasa nada, suponemos que es seguro y nos ponemos todos a comer.

Aquellos antiguos polinesios sí que sabían de lo que hablaban.

© Michael Dunev., Todos los derechos reservados

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