El cuento del perro

Para Ring Lardner
La otra noche, durante una cena, me preguntaron por enésima vez qué nos había llevado a aquella parte del mundo, tan aislados como estábamos, en un pequeño pueblo donde nadie nos conocía. ¿Qué nos había impulsado a tomar la decisión de trasladarnos allí? Me detuve a pensar y llegué a la conclusión de que solo podía haber sido un ataque transitorio de locura. Una de esas decisiones impulsivas que te cambian la vida para siempre y te hacen preguntarte cómo demonios empezó todo.
Mi mujer y yo íbamos en el coche, buscando la vía de acceso a la autopista, camino a la inauguración de una exposición de arte en la Península. Sorteando el tráfico bajo el paso elevado de la autopista, vimos sobre nuestras cabezas, atornillado al paso elevado, un cartel que decía “Refugio de animales”, con una flecha apuntando hacia la izquierda.
—¡Vamos a echar un vistazo!—propuse, recordando todos los perros que había tenido desde niño y dejándome llevar por los entrañables recuerdos de algunos de mis amigos más queridos.
—Pero, ¿qué hay de la…? —preguntó mi mujer.
—¡Tranquila! Entramos un momento, miramos un poco y seguimos nuestro camino. No nos llevará ni un minuto —respondí, girando a la izquierda.
Aparcamos y entramos en el refugio, donde nos condujeron a una gran sala diáfana, llena de jaulas, todas con perros de todos los tamaños y formas, cada uno haciendo lo posible por llamar nuestra atención.
—¡Elígeme! —ladraba uno.
—No, ¡a mí! —replicaba otro, dando saltos de alegría.
Contemplamos cachorros y viejos chuchos callejeros, incapaces de decidir entre tantos, hasta que una hilera de brillantes dientes delanteros, en la sonriente cara de un cruce de pastor alemán de nueve meses, nos robó el corazón.
—Mira, ¡ese perro sonríe! ¡Este es!—exclamé entusiasmado. —¡Los perros sonrientes son una rareza, y este tiene todas las de ganar!
Me acerqué decidido al mostrador y le dije a la empleada que habíamos encontrado a nuestro perro. Encantada, nos entregó los papeles de adopción y una correa de regalo, y todos juntos salimos hacia el coche. Una vez acomodado en el asiento trasero, parecía feliz de haber salido de la jaula, aunque al llegar a la cuarta manzana me di cuenta de que su pelaje color canela contrastaba violentamente con el interior negro del coche y de que el asiento trasero estaba ya cubierto por una espesa capa de pelos..
—Tal vez deberíamos plantearnos comprar un coche con el interior color canela —comenté pensativo.
Mi mujer permaneció en silencio, perpleja, algo que interpreté como buena señal. Y así emprendí el camino a casa pensando ya en nuestro próximo coche. Tras gastar cientos de dólares en tazones, comida para perros, un nuevo collar con su correa, chucherías y juguetes, llegamos a casa. Le puse la correa y entramos.
—Bienvenido, chico! ¡Aquí tienes tu nuevo hogar! —le dije.
Sin saber cuándo habría hecho sus necesidades por última vez, decidí sacarlo a dar una vuelta por el barrio. Siempre he pensado que los collares y las correas son símbolos de esclavitud y dudaba que un perro que se preciara de serlo apreciase tener que llevarlos. Así que una vez cruzada la calle, lo solté, confiando en que no saldría corriendo. Me alegró comprobar que se adelantaba unos metros y se detenía para asegurarse de que yo seguía detrás antes de continuar. ¡Este tipo ya se sentía parte de la familia! Me estaba conduciendo por un viaje de descubrimiento al que yo estaba encantado de sumarme. En aquel instante, su nombre apareció en mi mente como un letrero de neón: *Pilot*. Quizá me había influido inconscientemente la novela de las Brontë, pero aquel perro era un líder, y ese sería su nombre.
Durante las semanas y los meses siguientes nos concentramos en su adiestramiento, y él, en aprender a conocernos. Pronto quedó claro que Pilot era un perro listo. No solo aprendió a obedecer órdenes verbales como «siéntate», «junto», «quieto», «date la vuelta» y otras, tras apenas unos cuantos intentos, sino que enseguida empezó a responder también a señales con las manos. Cada mañana, una o dos horas después de la hora punta habitual, me acompañaba al trabajo. Cruzábamos en coche el puente Golden Gate a la ciudad de San Francisco, donde tenía mi despacho, y él pasaba allí el día conmigo.
Pero Pilot vino con un problema. Conocido eufemísticamente como ‘ansiedad por separación’, su comportamiento cambiaba dramáticamente cuando se le dejaba solo a su suerte. No era ansiedad, ¡era venganza! La primera vez que lo dejamos solo en casa, al regresar descubrimos que había convertido las persianas romanas del salón en una colección de jirones. Un precioso jersey de cachemira que mi mujer me había regalado por mi cumpleaños yacía hecho pedazos, después de haberlo arrastrado desde mi armario hasta la puerta de entrada. Esto sencillamente no podía seguir así. Necesitábamos una estrategia.
Mi mujer empezaba a ponerse nerviosa y llamó a varios psiquiatras caninos —recordemos que estábamos en el condado californiano de Marin, donde proliferan todo tipo de terapias alternativas—, todos ellos con ideas bastante fantasiosas para curar al perro de semejante comportamiento. Aunque los tratamientos eran caros, estaba dispuesta a pagar lo que hiciera falta con tal de que dejara de destrozarlo todo. En su primera cita con el psicólogo canino le dijeron que dejara al animal en casa. Primero trabajarían con ella. Regresó con el diagnóstico de que tenía que mostrarse más firme. Si no conseguía ser el perro alfa, al menos debía intentar ser el beta. Pero nunca el omega—eso sí que era malo. Lo que necesitaba era ganarse el respeto del perro.
—¡No te preocupes por nada! Son solo problemas propios del crecimiento. Ya verás cómo dentro de nada estará como una rosa —le dije, mientras nos preparábamos para dejarlo solo por segunda vez—. Vamos a dejarlo esta vez en el balcón delantero, donde podrá observar el movimiento de la calle. ¡Estará perfectamente! —le aseguré.
Al regresar un par de horas más tarde encontramos el balcón de madera hecho trizas, con pequeñas marcas de dientes adornando toda la estructura.
—Debía de tener hambre —murmuré mientras barría los restos.
A mi mujer no le hizo gracia alguna. Por suerte, no le había contado lo que había ocurrido la semana anterior, cuando me detuve en una tienda de animales para comprar unas golosinas y dejé a Pilot un momento en el coche. Al volver descubrí que había destrozado por completo el panel de la puerta del acompañante. Pasé toda la mañana llamando a desguaces hasta encontrar una pieza de recambio, que hice instalar discretamente aquella misma tarde.
La siguiente vez que tuvimos que dejarlo solo fue con motivo de una boda, y nuestra ausencia sería bastante más larga. Consciente ya de los estragos que podía causar, decidí que esta vez lo encerraríamos en el garaje. Sacaríamos los coches y lo ataríamos a un poste central que sostenía la casa. Como el poste era de madera, calculé que podría roerlo y temí que, al regresar, encontráramos la casa desplomada sobre sí misma. Así que fui a una tienda de materiales de construcción y compré unas chapas metálicas y una cadena. Atornillé las chapas alrededor del poste, a modo de funda protectora, sujeté la cadena y até al perro. ¡Listo! ¿Qué podía destrozar ahora?
Al regresar varias horas después, abrimos la puerta del garaje y encontramos a Pilot, encadenado al poste y luciendo su sonrisa más encantadora. La casa seguía en pie, aunque no podía decirse lo mismo del resto de las cosas que había en el garaje. El trabajo de mi mujer exigía que conservara los expedientes fiscales de sus clientes durante el número de años establecido por la ley. Los tenía apilados ordenadamente contra las paredes. Pero la cadena de Pilot tenía unos cuantos eslabones de más, lo que le había permitido llegar hasta ellos. Por todo el suelo se esparcían miles de pequeños trozos de papel, arrancados de las cajas que ahora yacían desperdigadas por todas partes. Necesité recurrir a mis más convincentes argumentos para evitar que mi mujer lo matara.
Una amiga nuestra era experta en la materia. Aunque su experiencia eran los gatos, proclamó que el perro simplemente necesitaba entrenamiento con jaula. Otro eufemismo, esta vez para referirse a encerrarlo en una jaula. A esas alturas, Pilot ya había destrozado el otro panel de una puerta, el revestimiento del techo del coche y el asiento trasero de nuestro segundo automóvil, por partida doble. Estábamos desesperados y dispuestos a aceptar cualquier consejo. Nuestra amiga nos prestó una jaula de acero con barrotes, lo bastante grande para que pudiera moverse en su interior. Nos aseguró que, después de pasar unas cuantas veces dentro, se acostumbraría y abandonaría sus malos hábitos. La monté sobre una alfombra en el pequeño cuarto de baño junto al salón, y dentro coloqué su cama, sus golosinas y varios juguetes. . Metí al perro en la jaula y cerré la puerta.
—¡Ya está! ¡A ver cómo consigue salir de esta! —le dije a mi mujer mientras nos preparábamos para salir a comer.
Comimos con el alma en vilo, preocupados hasta la desesperación. ¿Estará bien? ¿Qué podría hacer? Renunciamos al café y regresamos corriendo a casa. Pilot seguía dentro de la jaula. ¡Al fin y al cabo, era de acero! Pero, en su desesperación por escapar, el pobre animal había doblado los barrotes hacia fuera con el hocico y lo tenía hinchado como una bombilla del esfuerzo realizado. La alfombra que había colocado debajo de la jaula estaba ahora dentro, desparramada por el suelo en trocitos del tamaño de un sello de correos.
—¡Pobre chico! —le dije, abriéndole la puerta para dejarle salir. Esto no iba a funcionar. Tendríamos que confiar en él, y si eso significaba redecorar la casa con más frecuencia, pues qué se le iba a hacer.
Era dulce y generoso por naturaleza. Traía sus juguetes y los colocaba, uno por uno, en el regazo de nuestros invitados y le gustaba compartir sus chuches y golosinas con los perros que venían de visita.
Sin embargo, de vez en cuando nos daba motivos de preocupación. Una niña que pasaba en patines demasiado cerca de nuestra puerta recibió como recompensa un mordisco en el trasero, por el que tuvimos que dar explicaciones a su madre, furiosa. Otra vecina amenazó con demandarnos, alegando que Pilot había «arruinado» a su perra, que estaba en celo y que, para preservar su pedigrí, necesitaba ahora un aborto. Luego estuvo el incidente con el repartidor en el trabajo. Y el del cartero de casa, que llamó una mañana, mostrándome una marca en el brazo y exigiendo una compensación de 200 dólares por ‘dolor y sufrimiento’. A mí me pareció un rasguño, muy probablemente hecho por la pata al querer jugar desde su ‘oficina’ en el Jeep estacionado en el garaje, en cuya parte trasera le gustaba pasar ratos encadenado. El cartero no tenía por qué entrar en el garaje, pero, nunca mejor dicho, decidí pagar y, cómo dice la expresión, ‘dejar dormir a los perros’.
El segundo cartero que insistió que Pilot lo había mordido amenazó con demandarnos. Lo pusimos en contacto con la compañía de seguros, que acabó pagándole, aunque mi mujer se vio ocupada durante semanas apagando incendios después de que nos advirtieron que pensaban cancelar nuestra póliza. Yo no quería ningún problema con la Oficina de Correos, pero era obvio que aquellas maniobras no eran más que una forma de extorsión. Unos meses antes había querido enviar una caja de vino a un amigo en Alemania. Entré el la oficina de correos con la caja y pregunté a la joven empleada china,
—¿Cuánto cuesta enviar esta caja a Alemania?
—Qa? ¡Aramañi! ¿Para qué? —preguntó ella.
—¡Correo aéreo a Alemania! ¿Cuánto cuesta enviar esta caja? —repetí.
—¿Qué quelel, hah? Quelel serros, ¿hah?
Extendí mis brazos como si fueran las alas de un avión e imité un vuelo transoceánico.
—¡Europa! ¡Muy lejos! ¡Ruun ruun ruun! ¿Cuánto? —dije, frotando el pulgar y el índice, el gesto universal para el dinero. No había manera de hacerme entender. Los doce empleados, más o menos, que trabajaban en la oficina de correos eran chinos —parientes, supuse— y ninguno hablaba suficiente inglés para comprender lo que preguntaba.
—Quiero hablar con tu jefe. ¿Dónde está el jefe? —le pregunté. Me señaló una puerta al fondo, detrás de la cual encontré a una mujer malencarada, escondida tras montones de expedientes, que se negó a ayudarme de cualquier manera.
Así que, después de recibir la visita del extorsionador, llamé inmediatamente a la jefa de Correos para informarle de que, bajo ninguna circunstancia, debería acercarse el cartero a nuestra casa. En adelante, todas las entregas de correo deberían ir a nuestro apartado postal o a nuestro buzón, que trasladaría ese mismo día al césped situado frente a la propia oficina de correos. De ese modo, el cartero ni siquiera tendría que desplazarse hasta nuestra casa. En los Estados Unidos, los buzones de correo son cajas semicilíndricas atornilladas a un poste clavado en el suelo, y me costaría nada arrancar el mío y colocarlo en su nuevo emplazamiento, delante de la oficina de correos.
—¡Ese buzón es propiedad del Servicio Postal de Estados Unidos y, si lo mueve, tendrá a la policía en la puerta de su casa antes de que pueda decir «¡pío!» —respondió con su encanto inimitable.
Arranqué el buzón de su sitio y lo replanté cien metros más abajo en la misma calle, para que el cartero no tuviera que acercarse a nuestra casa. A partir de entonces resultaba divertido verle hacer sus entregas. Para entrar con su coche en el círculo donde estaba nuestra casa primero retrocedía hasta la casa del vecino de la derecha, depositaba su correo y salía otra vez a la calle. Luego volvía a entrar desde el otro lado, accediendo al buzón del vecino de la izquierda para luego salir nuevamente en marcha atrás y así evitar por completo tener que pasar por delante de nuestra casa, situada entre ambas.
Todo aquello no habían sido más que dificultades propias del crecimiento. Es cierto que nos había llevado tiempo adaptarnos, pero, para entonces, Pilot ya era un miembro plenamente integrado de la familia y ya no tenía la disposición de destruir todo cuando se lo dejaba solo. Excepcionalmente inteligente, sorprendió a más de uno por su capacidad para abrir puertas y verjas hacia adentro; se subía a dos patas, tiraba hacia atrás y se metía rápidamente antes de que se cerraran. Disfrutábamos haciendo cosas juntos. Era un compañero formidable en el velero, un nadador excelente y un entusiasta de nuestras acampadas y de los paseos al pueblo, donde mi mujer y él solían tomarse un helado. Sin embargo, las despedidas nocturnas de nuestros invitados a cenar requerían una vigilancia especial, ya que Pilot tenía una notable habilidad para localizar mofetas. Lo habían rociado tantas veces con su pestilente secreción que solo pude concluir que era un olor que le gustaba, como si fuera una medalla al mérito. Perdí la cuenta de los baños que tuvimos que darle a medianoche.
Su extraordinario olfato y su pasión por ir a buscar pelotas de tenis llegaron incluso a proporcionarnos algún ingreso. Una noche, me encontraba sentado con unos amigos tomando cervezas en el porche trasero del vecino. Uno llevaba media hora lanzando la pelota hacia la profunda hiedra detrás de la casa, que Pilot incansablemente recuperaba para dejarla obedientemente a sus pies.
—Te apuesto a que le gano, que consigo desconcertarlo —se jactó. —Tiraré la pelota, y si no la devuelve en 20 minutos, me pagas cincuenta pavos. ¿Trato hecho?
Acepté la apuesta. Con todas sus fuerzas lanzó la pelota en un largo arco que desapareció en la oscuridad. Nos pusimos a cenar mientras Pilot correteaba sistemáticamente de un lado a otro entre la hiedra.
—¡Le voy a ganar! —alardeó, sin apartar la vista del reloj..
Diez minutos más tarde, Pilot depositó la pelota a los pies del amigo que, a regañadientes, sacó su billetera.
Un domingo me levanté temprano y saqué a Pilot para hacer sus necesidades. Me había acostumbrado a estas caminatas matutinas y disfrutaba de la paz y la tranquilidad del barrio a esas horas de la mañana. Regresando a casa, al cruzar la calle noté un coche patrulla de policía estacionado en frente.
—¡Bonito perro! ¿Es suyo? —preguntó el agente.
—Sí, lo es, gracias —respondí.
—¿Sabe que en este pueblo está prohibido llevar un perro suelto, sin correa? —preguntó.
—Vaya, no tenía ni idea, agente. ¡De verdad! —respondí, llamando a Pilot, que andaba olisqueando unos arbustos.
—Pues lo está. Pero esta vez solo voy a darle un aviso. No me deje encontrarle con el perro suelto de nuevo. ¡La próxima vez, tendré que multarle!
—¡Muchas gracias, agente, que tenga un buen día! —dije, dirigiéndome hacia casa.
—No tan rápido! Tengo que redactar el aviso. Tenga la bondad de esperar un minuto —dijo, sacando su libreta.
Tengo que confesar que no suelo estar en mi mejor momento a primera hora de la mañana, no tengo la agudeza que me gustaría. Así que cuando el agente me pidió la documentación, no queriendo que esto quedara en mi expediente, le respondí que no llevaba la cartera. Sacó el bolígrafo y abrió el cuaderno.
—¿Cuál es su nombre, señor? —preguntó.
Justo delante de mí, a la altura de mis ojos, llevaba una placa con su nombre: agente J. Stenger. Sin pensarlo solté:
—¡Stengel!”
—Muy bien. ¿Nombre de pila?
—¡George! ¡George Stengel!
—¿Y cómo se llama su perro?
—¿Mi perro? Él es eh, Lighthouse! ¡Eso es, Lighthouse!
—¡Bonito nombre! Muy bien, señor Stengel. ¿Cuánto mide?
—Uno sesenta y cinco —respondí, quitándome veinte centímetros de encima.
—¿Peso?
—Unos ciento treinta kilos, diría yo.
—¿Dirección?
Algunos amigos míos acababan de vender su casa en la colina de atrás, y sabía que estaba vacía, así que respondí:
—¡55 Marin! —dando la dirección de aquella vivienda.
—Sólo un minuto, señor —dijo, introduciéndose en el coche patrulla. Al cabo de unos minutos, salió y comentó que no tenían a nadie registrado con mi nombre en aquella dirección.
—¿No tiene carnet de conducir? —preguntó.
—No, no, lo siento.
—¿No tiene coche?.
—No conduzco. Demasiado caro —respondí.
—Muy bien, señor. ¡Por favor, firme aquí y que tenga un buen día!
Garabateé ‘G Stengel’ en el papel y lo vi alejarse.
Al entrar en casa, me encontré con mi mujer, que bajaba a desayunar.
—¡No te vas a creer lo que me acaba de pasar ahí fuera! —dije entre risitas, explicándole que la policía acababa de darme un aviso por llevar a Pilot sin correa.
—¡Cuántas veces te he dicho que se toman muy en serio lo de multar a los dueños que llevan a los perros sueltos! —respondió, exasperada.
—¡No te preocupes! —sonreí. —¡Le di un nombre equivocado!
Y procedí a relatarle, paso por paso, todo mi encuentro con la ley.
—¡Estás loco! —exclamó. — ¿No sabes que mentir a la policía es delito? ¡Podrías meterte en un buen lío!
—Tranquila, solo es una advertencia. Además, ¡qué ley tan absurda, no dejar que los perros corran libres! ¿Dónde está la tierra de los valientes y los libres? En mi país los perros corren libres como el viento y nadie dice ni pío —respondí con una sonrisa altiva.
El resto de la semana transcurrió sin incidentes. Cada uno se marchaba por su lado al trabajo: yo me iba con el perro a la ciudad y mi mujer a su oficina, al norte. El incidente con la policía me había hecho gracia, o quizá había sido la indignación, pero lo conté varias veces a mis amigos. Todos coincidían en que la policía de Sausalito debería tener asuntos más importantes de los que ocuparse que perseguir a personas que paseaban a sus perros sin correa.
Para el fin de semana ya había olvidado por completo el episodio y, el domingo por la mañana, volví a sacar a Pilot a nuestro paseo habitual. Concentrado en evitar encontrarnos con una mofeta en emboscada en el camino, paseábamos por Bridgeway cuando un coche patrulla pasó a toda velocidad. Frenó bruscamente, puso la marcha atrás y retrocedió hasta detenerse justo a nuestro lado. Llamé a Pilot, me quité el cinturón de un tirón y se lo estaba colocando alrededor de la cabeza cuando el agente Stenger se acercó con su libreta en la mano.
—¡Buenos días señor! ¡Nos encontremos de nuevo! Esta vez voy a tener que multarle. ¡No diga que no se lo advertí!
Qué podía decir, me había atrapado infraganti. Nuevamente, me pidió mis datos y me encontré ante el dilema de repetir la identidad ficticia de la semana pasada o confesárselo todo, dándole mi verdadero nombre y dirección. Si le decía la verdad, estaría admitiendo que había mentido a la policía, algo realmente grave, así que mi única opción era continuar con la farsa. Por fortuna, después de haber repetido la historia tantas veces durante la semana, tenía los detalles esenciales perfectamente claros en la memoria y pude recitar mis datos exactamente como lo había hecho siete días antes. Nombre: George Stengel. Dirección: 55 Marin. Altura y peso: metro sesenta, 130 kilos, etc. Una vez más, el oficial me hizo firmar la multa y me deseó un buen día.
—Por cierto, agente, ¿por cuánto sale la multa? —pregunté.
—No tengo idea —respondió, entrando en su coche—. Se la enviarán por correo.
De repente una sombra oscura se posó sobre mí. Si el cartero entregaba la multa a una casa vacía, el envío sería devuelto y el policía sabría entonces que le había mentido. Conocía mi vecindario y estaría atento a localizarme. Nada bueno podría salir de aquello. Con la cabeza dando vueltas, regresamos a casa y encontramos a mi mujer leyendo el periódico mientras tomaba el café.
—¡Adivina qué! —comencé.
Cuando terminé de contarle la historia, dijo:
—Oh, tío. Esta vez sí que la has liado. Me lavo las manos de todo este asunto; en esto estás por tu cuenta.
Sin desanimarme, continué:
—¡No, escúchame! He encontrado una solución. Solo tengo que ir a Correos y solicitar un cambio de dirección para que todo el correo de George Stengel, en el 55 de Marin, se reenvíe a tu oficina. ¿Qué te parece?
—¿Estas loco? ¿Quieres meterme a mí también en esto?
—Claro, no puedo enviarlo a mi propia oficina porque mi nombre figura en la puerta, pero tú trabajas en un edificio de despachos y será más fácil mantener ocultar tu identidad. Además, muchos de sus clientes reciben su correo en tu oficina, por lo que uno más no se notará. ¿Qué me dices?
—Vas a ser mi muerte —asintió con un suspiro.
Al día siguiente estaba en Correos rellenando el formulario de reenvío postal. Pagaría la multa con un cheque de caja emitido en la propia oficina de correos a nombre de George Stengel, ¡y por fin todos mis problemas quedarían resueltos!
O casi.
Resulta que mi nuevo coche era un Porsche 911 blanco (con el interior color canela), cuyo ronco sonido hacía que la gente se volviera a mirarlo en cada semáforo. Un par de mañanas después, de camino al trabajo, me detuve en un semáforo del centro y vi al agente Stenger junto a la intersección, admirando el coche. Piloto iba en el asiento trasero asomando la cabeza por la ventana.
—Pilot, ¡bájate! —susurré con urgencia, mientras torcía el gesto e intentaba poner una cara que el agente no pudiera reconocer. ¿Ataría los cabos y descubriría que le mentí, que en realidad tengo coche?
Unos días después, me lo encontré caminando por la calle y me saludó a voces:
—¿Cómo está, señor Stengel? ¡Siento lo de la multa, yo solo cumplo órdenes!
El pobre hombre intentaba compensar su sentimiento de culpa procurando hacerse amigo mío, lo cual era aún peor. ¿Qué hacer?
Y así llegamos al final de la historia. O quizá, más bien, al principio. Incapaces de seguir viviendo con el constante temor de ser descubiertos cada vez que me topaba con el amable agente Stenger, llegamos a la conclusión de que no teníamos más alternativa que mudarnos. Sencillamente ya no podíamos quedarnos allí. Los riesgos eran demasiado grandes. Cualquier día, aquel castillo de naipes construido sobre una identidad falsa podía venirse abajo sobre nuestras cabezas y arruinarnos la vida para siempre. Por nuestra salud mental y nuestra tranquilidad, teníamos que marcharnos.
A lo largo de los años, los amigos nos han preguntado a menudo por qué nos fuimos de Sausalito, cuando parecía que teníamos una vida perfecta y éramos el paradigma de la pareja felizmente casada. Así que ahora, años más tarde y miles de kilómetros de distancia, escribo esta confesión con un consejo para todos los que piensen hacerse dueños de un perro:
¡Adopten un gato!:

© Michael Dunev, 2017